POEMARIO URBANO
ASTRID SALAZAR

CHIQUI
A Chiqui, in memoriam
Decidieron llamarla “Chiqui”. La pequeña, de piel oscura, que había sido adoptada, con muy corta edad, hizo que nuestras vidas cambiaran un poco. Ahora, esta nueva vecinita, con muy mal genio y siempre mal encarada, adoraba gritar para molestarnos, sus padres adoptivos y hermanastras se hacían los locos al ver esa situación. En reiteradas ocasiones imaginábamos hacerle maldades a la pequeña, pasábamos días enteros confabulando en su contra, pero las ideas morían justo en el momento en que tomábamos conciencia y volvíamos a la realidad donde no era bueno maltratar a otros; sin embargo, la Chiqui hacía que nuestros deseos cruzaran la línea de la ficción. Constantemente, la vecinita nos gritaba cualquier cantidad de palabras ofensivas, y nosotros nos defendíamos lanzándole mangos o piedras, claro que ella siempre lograba ocultarse. La guerra ya había sido declarada entre ambas familias; a pesar de los reclamos, las acusaciones, los regaños y las excusas, la pequeña odiosa, valiéndose de estas rivalidades, logró que sus padres compraran cercas nuevas, de manera que cuando pasáramos por su casa, los mangos y las piedras no representaran una amenaza.
En nuestra ausencia, la Chiqui saltaba la pared e ingresaba a nuestro hogar, el cual dejaba desastroso, pues entraba y rompía las cosas. Ante la situación tuvimos que colocar rejas en las ventanas, y nuestra casa tan acogedora se convertía en una pequeña cárcel de máxima seguridad con barrotes y altas paredes. Ya era hora de hacer valer alguna de las alternativas que soñábamos para acabar con Chiqui. Nuestras vidas estaban tan afectadas, al punto de volvernos un poco ermitaños.
Un día no escuchamos más los gritos de nuestra odiada vecina. Fue el primer días, después de tantos, que la paz reinaba. -cómo extrañamos el silencio-. Pasaron los días y aún no escuchábamos a Chiqui. Sonó el timbre, para nuestra sorpresa, eran los vecinos -tan queridos-, con cara de preocupación. –Chiqui ha desaparecido- nos dijeron.
El día antes de no escuchar más a la pequeña, ésta nos había agredido físicamente cuando pasábamos frente a su casa. Ella estaba sentada en la acera, se nos acercó y nos empezó a dar patadas y arañazos. Luego de ese incidente no supimos de ella. Sus padres desconsolados y nostálgicos nos dieron una de las tantas pancartas que pegaron por todo el pueblo con su horrenda foto. Supongo que ellos nunca sabrán lo que le pasó a Chiqui.
Al final de la tarde, nuestra nueva alfombra de piel oscura le daba un nuevo estilo a la sala. Esos nuevos adornos con un material parecido al color marfil, refrescaban el ambiente. Dentro de la pecera, dos globos nos miraban fijamente. Un olor a carne ahumada provenía de la cocina, la mejor comida que preparábamos desde hacía mucho tiempo, la convidamos con nuestros vecinos, quienes agradecieron el banquete que nosotros llamamos “Chiqui”.
COMALA
A lo lejos se podía vislumbrar niños jugando, significaba entonces que se encontraba cerca del pueblo. A medida que se sus pasos avanzaban, sentía un calor, mientras un frío lo invadía. Era un pueblo pequeño. Sus habitantes eran como una sola familia, por supuesto, todos se conocían. Él se presentó. Les dijo que iba de paso. Ninguno le respondió. Sensaciones extrañas lo impulsaban a entrar a una de esas casas que, a simple vista, parecían abandonadas, pues sus fachadas eran de un aspecto tétrico. Él siguió caminando, hasta entrar a una de ellas que, por dentro, eran tal cual como por fuera. Había telarañas y los muebles estaban cubiertos con mantas. Sintió un olor a encerrado, a soledad. Salió de allí. Era de tarde. En el horizonte, ya se podía divisar al sol ocultándose. Cuando veía a alguien trataba de hablarle, pero nunca le contestaban. Él se quedó pensando en lo que sucedía a su alrededor. Un escalofrío lo invadió a la vez que pensamientos aterradores lo estremecían. Decidió pasar la noche allí. Caminó por todo el pueblo y de vez en cuando irrumpía a una de las casas, pero nadie se encontraba. De pronto, escuchó una música proveniente de la plaza. Se abrió pasó entre los habitantes hasta llegar al centro y gritó desesperado. A su alrededor, velas encendidas, mientras la luz de la luna alumbraba el espacio. Todos los pueblerinos en círculo hacían un ritual. Él quedó atónito al ver lo que ocurría, pues se encontraba en todo el medio. En ese instante supo que un alma perdida en el tiempo y en el espacio debía volver a donde todas las almas en pena no pueden escapar, Comala era su lugar.
RITUALES DE ASCENSOR
Hace unos días atrás, en una revista regional, leí un artículo titulado “Rituales de ascensor”, el ritual consistía en estar, como era obvio, dentro de un ascensor, sólo que éste debía estar parado, preferiblemente entre pisos, y en plena oscuridad, sin electricidad; se necesitaban dos velas color blanco, encendidas, cada una ubicada frente al espejo; entera disposición, sin miedo a lo que el espejo mostraría. Al cabo de unos diez minutos de estar dentro del ascensor, empezarían a revelarse imágenes inciertas del futuro, el corazón palpitaría diez veces más de lo normal, hasta que por fin la claridad alumbrara todo el espacio. De pronto, una fuerte brisa, un vértigo, la adrenalina estallando, los pelos de punta, un fuerte golpe, un crash enorme, sangre por doquier, huesos destripados, partes de un vidrio atravesando la carne. El espejo nunca se equivoca. Al final de cuentas, todos gustan de leer los rituales, mientras que nadie lee aquellas pequeñas letras en las revistas que hablan sobre las consecuencias de los mismos.
TEXTOS DE GLORIA DOLANDE
I
Reunirnos
Saber de palabra
al sentirla
permitirle llegar
II
Descienden
palabras en la piel
reincidir
la noche por asalto
alcanza
IV
Necesito respirar
tanta palabra
aire
no es
V (to Z & E)
I am always
back to you
en mis sonidos
heart beat
vuelvo.
Poemas de Macanoly V.Q. (Instructor)